viernes, 22 de julio de 2016

PARA MEDIOS DE COMUNICACIÓN, GUÍA DE TEMAS DE ADICCIONES. DEDICADO PARA PERIODISTA 2016




CONCEPTOS -INTRODUCCIÓN PRIMER PARTE . 

Introducción: El concepto de adicción Dr. Josep Guardia Serecigni. Adicción, del latín addictio. Hábito que domina la voluntad de una persona. Dependencia de una sustancia, una actividad o una relación. El término adicción puede considerarse como equivalente a un grave trastorno por consumo de sustancias, según lo define el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition [Manual de Diagnóstico y Estadísticas de los Trastornos Mentales, quinta edición] (DSM-5, 2013).

El alcohol y las drogas “gustan” porque activan el circuito de recompensa cerebral y producen inmediatamente sensaciones agradables de bienestar, euforia o relajación. Pero, a diferencia de los alimentos o del agua, no producen “saciedad” sino más bien el efecto contrario, que lleva a repetir su consumo y a un deterioro del autocontrol, con el consiguiente riesgo de un consumo excesivo, que suele estar asociado a consecuencias negativas. Comprender la peligrosidad del alcohol, el tabaco y las drogas, resulta más sencillo cuando se comprende bien el concepto de adicción. Muchas personas creen que el consumo moderado de estas sustancias adictivas no resulta peligroso y que, por tanto, un consumo “responsable” es siempre seguro. Esta creencia errónea probablemente está basada en la idea de que las personas somos capaces de controlar el funcionamiento de nuestro cerebro, cuando en realidad no siempre es así. De hecho, muchas funciones de nuestro cerebro están fuera de nuestro control voluntario. Por ejemplo, la respiración, la frecuencia cardíaca, la respuesta sexual, conciliar el sueño. Es más, cuando intentamos controlar voluntariamente estas funciones, es probable que empeoren, en comparación a cuando dejamos que se produzcan de manera espontánea. Otra creencia errónea sería que el cerebro que funciona bien es siempre “responsable”, “controla” el comportamiento y, por tanto, todas las personas pueden consumir cualquier sustancia con “moderación”, si se lo proponen seriamente. El concepto de adicción, como una enfermedad del cerebro o como un mal funcionamiento (disfunción) del cerebro, es más fácilmente comprensible para drogas como la heroína o la cocaína, pero menos para el tabaco y, todavía menos para las bebidas alcohólicas. Tal vez porque la mayoría de personas que toman bebidas alcohólicas lo hacen con moderación y no desarrollan una adicción, cuesta de comprender que otras personas no puedan controlar su consumo de bebidas alcohólicas. Tabaco, alcohol y drogas activan el circuito que procesa la recompensa cerebral. Es decir, activan un circuito cerebral del que la naturaleza ha dotado a los mamíferos para facilitar el aprendizaje de conductas que son imprescindibles para su supervivencia individual (como la nutrición y la hidratación) o bien de la especie (como la búsqueda de pareja y la reproducción). Pero el funcionamiento fisiológico (es decir normal) de este circuito se activa con cantidades muy pequeñas de determinados neurotransmisores que fabrica el propio cerebro, como la dopamina o los opioides endógenos. En cambio, alcohol, tabaco y otras drogas producen una gran liberación de dichos neurotransmisores que producen un impacto suprafisiológico (es decir, mucho mayor que el de los reforzadores naturales) sobre el circuito de la recompensa cerebral, lo cual queda bien grabado en la memoria emocional. Además, si dicho impacto se va repitiendo puede desestabilizar el equilibrio natural de estos sistemas de neurotransmisión y circuitos cerebrales que intervienen en el control de la conducta de auto-administración de sustancias. El funcionamiento normal de muchas estructuras del cerebro está basado en la acción contrapuesta de receptores cerebrales que tienen efectos antagó- nicos y que mantienen un funcionamiento equilibrado del sistema. Como sucede con los receptores GABA (inhibitorios) y los de glutamato (excitatorios). O también con los receptores mu opioides (cuya activación produce euforia) y los kappa opioides (que producen disforia). El cerebro no funciona básicamente por activación sino más bien por inhibición y “filtrado” de su actividad de base. Este filtrado optimiza funciones que van desde las más sencillas y automáticas como la motricidad, hasta otras más complejas como el pensamiento, el razonamiento y las emociones. El comportamiento sería el producto resultante final de la integración de estas diversas funciones. Un cerebro que funciona bien sería, por tanto, un cerebro que “filtra” bien su actividad espontánea. Es decir, que es capaz de inhibir los comportamientos inapropiados, en función del contexto o situación en el que la persona se encuentra en cada momento. Sin embargo, la enfermedad adictiva interfiere sobre determinadas funciones complejas del cerebro y resulta una conducta adictiva. Las sustancias adictivas producen un efecto de Tolerancia. El efecto que se consigue con la dosis inicial (tranquilizador, inductor del sueño, estimulante…) va disminuyendo, lo cual obliga al consumidor a un incremento progresivo de las dosis, con la finalidad de conseguir mantener la intensidad del efecto deseado. Esta necesidad de conseguir un mayor efecto suele llevar además al consumo simultáneo de otros medicamentos, drogas y alcohol que, todos a la vez y a dosis elevadas, pueden causar una sobredosis mortal. Otra de sus características es el efecto de Rebote. La persona que utiliza una determinada sustancia para tranquilizarse, suele sentirse todavía más nerviosa que antes de tomarla, cuando finaliza su efecto farmacológico y la que la utiliza como estimulante se va “hundiendo” cada vez más y necesita volver y volver a tomar, pensando que de esta manera estará cada vez mejor, cuando en realidad lo que consigue es sentirse cada vez peor.

La Enfermedad Adictiva se caracteriza por dos síntomas fundamentales: 
Un estado de necesidad biológica de auto-administrarse la sustancia (o sustancias diversas) de la cual se ha desarrollado adicción.
 Una dificultad para controlar el consumo de dichas sustancias, que conduce al consumo excesivo y que, a su vez, produce consecuencias negativas (familiares, laborales, sociales o también para la salud corporal y mental).

















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